viernes, 14 de noviembre de 2008

Ofelia.

A veces creo que la vida es un sueño, como el libro de Calderon de la Barca, alegorizando solo el título de tamaña obra clásica hispanoamericana, como algunos han de señalar, pues seré sincera, no recuerdo muy bien el libro, pero sé que lo leí en mi niñez, a lo que voy es que nunca sabes si lo que realmente sucede es cierto, pues a veces es casi imposible encontrar explicaciones racionales para situaciones que hemos de vivir a diario, si bien siempre he tratado de tener la mente lo más fría posible, es imposible desconectar lo que llaman sentimientos, de mi mente, pues en ellos reside mi mayor esencia humana, de la que se enamoraría quizás Jean Baptiste Grenouille, o sería detestada, tal como aquel chocolate en cuaresma, porque el ser humano es más que pensamiento y acciones, es sentimientos, es idealismos, y sueños...
Sueños que a veces se ven tan lejanos y escurridizos como la pluma de Forrest Gump, o como la suave brisa de una mañana en una campiña inglesa fría... hoy lloré, lo admito, pero menos que aquellas veces, pero con más amargura que nunca, pues nunca creí que los sueños de alguien puedan desmoronarse de la nada, y la esperanza que es lo que nunca se pierde y con lo que terminan las cartas de amor, se esfumase como el humo del cigarro de medianoche a la luz de la Luna, como dicen por ahí... "el señor opera de formas misteriosas"... a veces cortando alas y otras cediendo a los buitres, pero aún así no he de temer a la muerte por cumplir el sueño de alguien tan amado como él, o ella... pues si he de seguir viviendo sin su felicidad, mejor fenecer en el intento.

Hoy recordé muchas cosas, de mi infancia feliz, escenas de filmes que he visto, como bandas sonoras... y porqué no personas importantes en mi vida, que solo yo sé que lo son, a pesar de lo poco y nada que puedo llegar a conocerlos, que importan tanto o mas que aquellos de antaño, no saben como se agradece el que existan, y me brinden una cálida sonrisa a diario, pues sin aquella no podría sobrellevar el peso que cargo...
no sabes lo feliz que me haces con esas extensas conversaciones, ni con las absurdas proposiciones que he de plantear, pero se agradece en todo caso, todo aquello que me has enseñado...

Sin nada más que agregar, que me he de sentir una Ofelia, sin su fauno... triste y abandonada en la amargura del laberinto, me alejo del precipicio para volver al incio.


Bye.

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